Jueves 12 de julio. Estrasburgo
Usell-Estrasburgo
Pernocta: Area de autocaravanas en Kehl (48.563591; 7.813908)
Noche fresca para Angel al que le
he oído buscar una manta.
Desayunamos y cargamos agua...a
cubos ya que el camping no disponía de toma de agua para autocaravanas, ni
desagüe para water químico ni para
grises. El camping parecía muy viejo, lo construyeron y no lo han actualizado,
así que desde unas fuentes reliquias del
pasado y dispuestas estratégicamente en las esquinas de las calles interiores y
que se accionaban con una bomba circular de
mano, llenamos el depósito ayudándonos de un cubo. El wáter lo vaciamos en el
bloque sanitario del camping y las grises en el poste exterior del área de
autocaravanas.
Partimos a repostar en el cercano
E’leclaire donde pagamos el gasoil a 1,40€ (1€ en andorra) frente al 1,60 de la
autovía. En el supermercado compramos unas botellas de champagne y de sidra francesa
que al ser un poco más dulce que la
española nos gusta algo más
Luego nuestro recorrido discurrió
entre grandes masas de bosques de abetos
y hayas para luego ser sustituidos por suaves
llanuras donde predominaba el color dorado del cereal.
Dejamos la comodidad de la
autovía para tomar la N70 que por tramos tenía tres carriles pudiendo circular
a 110km/h pero en otros estuvimos obligados a no superar los 80. Y comprobamos cómo el Gobierno
francés ha hecho una buena inversión en rádares. A las 13,30 horas nos quedan aún
más de 400 km para nuestro destino, Estrasburgo u Obernai a 30 km de Estrasburgo.
Muchos kilómetros.
Pero pensamos que podría ser mejor dirigirnos a Estrasburgo directamente para así “atacarla” a primera hora
del día siguiente. Pasadas ya las 19,30 y a 12 km de nuestro destino nos quedamos
atascados en un “bouchon”. Vaya día más duro de carretera el de hoy: a las
constantes limitaciones de velocidad y
obras, ahora añadíamos la demora que supondría este atasco.
Pero afortunadamente no fue
mucho. Media hora después entrábamos ya en la ciudad buscando el área del albergue
de juventud, junto al Rhin. Pero cuando llegamos, perplejos vemos que no
existe, así que ponemos rumbo a la segunda área que tenía anotada, ésta ya en Alemania en la orilla contraria del
Rhin, pero se repite lo mismo. Cerca de las ocho y media y ya algo preocupados por la hora, nos dirigimos
a la tercera, en Kehl, también Alemania. Circulamos por zonas residenciales
entre bonitos chalets con la velocidad limitada a 30 y me digo que es el último
intento y si no hay área, regresaríamos a Obernai, 30 km atrás; pero, tenemos suerte.
Es un aparcamiento en una zona deportiva que cuesta 8 euros 24 horas más agua,
luz, etc. sin sombra y suelo de gravilla. Suficiente y a estas horas, todo un
lujo. De referencia puede servir una enorme torre, como un gigantesco depósito
de agua que se ve desde lejos a cuyos pies está esta área.
Nada más bajar para echar un
vistazo veo una autocaravana española y me acerco a pedir información, por lo
menos saber dónde estábamos y cómo llegar a la ciudad porque de tanta vuelta
estábamos algo desorientados, y resultó ser la familia de Idoia, unos navarros
que me dicen que hace años nos pidieron
información sobre nuestra maxi van para comprar la suya, con la que tuvimos el
accidente, y confiesan haber leído mis relatos. ¡Qué coincidencia más
encantadora!. Otra más que sumamos a otras ocurridas en otros viajes: el
encuentro en Irlanda con Clara y su familia (familia Telerín) con la que
preparamos parte del viaje y unos años después con Spyro en el Sur de Polonia
con la que también había intercambiado información y cuyo hijo resultó ser
alumno de Angel.
Idoia, su pareja, que atiende la
cena y a sus dos hijos, que trastean en sus cosas mientras nosotras dos
charlamos, resultan encantadores y nos facilitan toda la información que necesitamos,
y más, no solo cómo llegar a la ciudad
pasándome por whasap el enlace del google maps con la situación del área y la
parada del tranvía, sino sobre la ruta
por Alsacia que ellos habían hecho, haciendo sugerencias, entre ellas, la ruta
de las crestas. Lástima haber estado tan cansados por el día duro de
carretera–cerca de 10 horas metidos en la “caja de cerillas”- que nos quitaron
las ganas de tener una tertulia más relajada con ellos. Y es que echo de menos encontrar
gente que comparta este espíritu viajero que forma parte de los que viajamos en
autocaravana, y más gente joven. Hemos
tenido algunas experiencias algo decepcionantes.
Idoia, si lo lees, desde estas
líneas reiterarte nuestro agradecimiento por tu ayuda y también por mostrarme
que hay mucha gente joven, familias que
viajan juntas y que abrazan nuestra filosofía de viajar.
Estábamos cansados, mucho, la noche se cerraba y sobre las 22 horas, muy
tarde ya para nosotros, nos ponemos a cenar lo que encontramos. No son horas de
cocinar nada ya.
13 de julio viernes. La ciudad europea, no tan española.
Estrasburgo
Nos levantamos pronto pero entre prepararnos
para salir y dejar la autocaravana convenientemente aislada para dejar a Tula toda
la mañana dentro, nuestra partida se demora hasta casi las 9,30.
Seguimos las instrucciones del
enlace al móvil que me envió Idoia para llegar a la estación del tranvía. Pero
si no se tiene esa información basta con poner en el google maps del móvil la ciudad
de Estrasburgo y las instrucciones son
las mismas. Es un invento genial, primero marcará la ruta andando y luego el
tranvía a coger e incluso la parada donde apearse. Mágico, si lo comparamos con
los medios con los que hemos viajado nosotros.
Lo descubrí en Portugal esta Semana Santa. Entiendo que los jóvenes lo
vean como la cosa más natural del mundo. Pero a mi, a mi edad, me fascina.
Después de veinte o veinticinco
minutos andando por una bonita zona, primero entre parques y zonas deportivas y
luego entre chalecitos en un paseo muy agradable, llegamos a una gran avenida
central.
Y ahora nos enfrentamos a lo que siempre resulta lo más complicado de cualquier gran ciudad: su red de transporte público. Vemos que hay una parada de tranvía, pero también de tren. Supongo que debemos tomar el tranvía, pero dudo, así que me dirijo a la estación del tren y un chico, cuando me oye preguntar en inglés y después hablar en español me ofrece su ayuda en castellano y me dice que para ir a la ciudad, el tranvía que debemos tomar fuera, pero que para comprar los billetes, ha de ser allí.
Así que obediente y paciente,
espero mi turno para ser atendida y cuando me llega me informan de que los billetes tengo que adquirirlos
fuera en la máquina. “vaya po dio” a pelearme con un chisme.
Este es el “negociado de Angel” y
se apaña muy bien. Se puede elegir el idioma, lo que nos tranquiliza, y
siguiendo las instrucciones no es muy complicado. 1,60€ billete sencillo. Luego
es necesario validarlo en otra máquina
distinta, y…esto es importante, estamos en Alemania y recuerdo nuestra aventura
nocturna en Berlín donde dos “armarios” nos sacaron del vagón del metro por no
haber validado los billetes que habíamos comprado en el aeropuerto de Tegel
para llegar a al centro de la ciudad y tuvimos que esperar casi 30 minutos al
siguiente…y esto de madrugada. La maquinita solo acepta monedas o pago con
tarjeta, y hay que conservar el billete para reutilizarlo a la vuelta y
ahorrarse unos centimillos. Y tengo que reconocer que Angel casi se ha hecho un
experto en lidiar con este tipo de aparatos en cada país, las que expiden
billetes y las de aparcamiento, reuniendo a veces a un nutrido grupo de
turistas de varias nacionalidades tratando de comprender el proceso mientras que observaban como lo hacía Angel.
En poco tiempo llega nuestro
tranvía que tras atravesar el inmenso Rhin, en quince minutos nos introduce en la almendra central de la capital
de Alsacia, en su zona histórica, en la Gran Isla de Estrasburgo o la “Grande
Ile”, una isla fluvial en donde se asienta este complejo urbano reliquia
medieval gigante, depositándonos a 300 metros de la catedral. Es, una vez más,
el navegador del teléfono móvil el que nos avisa de donde bajarnos.
¡Quién nos lo iba a decir 20 años
atrás! Cuando, por ejemplo, nos perdimos en Praga con nuestra California, sin
señales y sin que nos entendieran, o por Londres o París, o cuando en las autopistas alemanas al que copilotara no le daba tiempo
a deletrear los impronunciables nombres de localidades alemanas compuestas por
un montón de consonantes …o me remonto más atrás, cuando intentábamos
comprender los caracteres cirílicos de los carteles en la carretera viajando
por el sur de Grecia,…pero valdría cualquier gran ciudad…o cualquier país. ¡qué
fácil nos resulta ahora!.
Vamos siguiendo las instrucciones
del teléfono y descubriendo esta hermosa y elegante ciudad que a estas horas
parece muy animada.
Y nos quedamos absolutamente
perplejos cuando súbitamente, ante nuestros ojos, se alza la inmensidad y
belleza de la catedral que se eleva majestuosa hasta tocar el cielo con
sus encajes de piedra rojos y sus agujas
interminables. Es una obra maravillosa. Absolutamente…deslumbrante.


A su alrededor edificios de entramado destacando sin lugar a dudas la Maison Kammerzell, considerada la casa más bonita de Estrasburgo, donde el elaborado trabajo de su viguería oscura del siglo XVI la hacen parecer casi de “chocolate”. Con tres plantas en voladizo y un desván de tres niveles, lo que más llama la atención en las riqueza decorativa de la fachada decorada con motivos profanos y sagrados inspirados en la biblia, la antigüedad grecorromana y la edad Media.
La descubrimos en el mismo plano que la catedral por lo que ambas a la vez constituyen una imagen de postal imborrable
Casi incapaces de despegar
nuestros ojos de la catedral, nos dirigimos hacia a su interior. Su campanario
es descomunal y es visible casi desde cualquier punto del casco histórico. Tiene 142 metros de altura y entre el siglo
XVII hasta la primera mitad del XIX fue el edificio más alto del mundo,
superado en 1889 por la catedral de Colonia. Luego atacaremos su subida.
Realmente Notre Dame de Estrasburgo merece el orgullo que sus ciudadanos sienten por ella, a pesar, quizás, de su excesivo tamaño. Es una obra maestra de la arquitectura y del arte religioso y dicen que si se “es de mirar y requetemirar” se tardaría casi dos horas en verla en su totalidad. Sus portadas son un regalo para la vista, pero la impaciencia nos puede y no nos detenemos mucho en los detalles así que accedemos a su interior.
Inmensa y elegante, lo segundo que llama nuestra atención es la espléndida
luz que hace que el sol marque cada uno de los detalles de las vidrieras y los
rosetones que pese a que proporcionan
una escasa luz, ésta es mágica. El sol, que se cuela a estas horas, enciende el
rosado y ocre. Mis ojos ansiosos las
recorren intentando absorber esa magia, esta belleza, el color, la luz, …

Esto rebaja un poco la cierta tensión que empiezo a sentir por la gran cantidad de gente que se mueve en el interior de este magnífico edificio. Y lo peor, los grupos. Y recuerdo que hace solo siete meses me encontraba engullida por uno de ellos, y repito el calificativo de “engullida”, porque la experiencia, no me gustó nada. Perdí…parte de mi personalidad viajera, esa inquietud y curiosidad que me impulsa a veces más allá de lo que debería ser prudente. Se la comió el grupo.
Y después …a la joya del interior
de esta catedral: su reloj astronómico que data de finales del siglo XVI. .
Este Reloj es el resultado de la colaboración entre artistas, matemáticos y
técnicos. Relojeros suizos, escultores, pintores y creadores de autómatas construyeron
esta majestuosa obra. Pero está algo deslucido ya que se encuentra detrás de
andamiajes aunque se puede contemplar perfectamente.
Delante de él se erige el
maravilloso Pilar de los Ángeles que, de manera muy original, representa un
Juicio Final.
Faltan pocos minutos para las 11
y mucha gente se agolpa frente al reloj. Me temo que estén esperando hasta que
a las 12,30 todo el mecanismo se ponga en marcha, pero a las 11 en punto sale
una figura que pasa delante de la muerte y el grupo se disuelve. Menos mal.
Pero estoy desconcertada. Idoia
nos dijo que había que hacer cola a las 11,30 para ver el reloj y no sé qué hacer,
así que recordando haber visto un grupo de españoles que llevaba un guía
intento localizarlo entre todos los que se mueven nerviosamente. Y lo
encuentro. le pregunto y me dice que a las 11,30 vaciarán la catedral y
que para entrar a ver el reloj hay que
comprar las entradas en un lateral de ella.
Tras agradecerle enormemente su
valiosa información, salimos para ponerme en la primera cola que veo. Después
de hacerla, y al sol, veo que la gente sube por una estrecha escalera. Pregunto
y me dicen que allí es para subir a la torre, que a la cola siguiente.
Y otra cola más…bueno, empiezan a
formarse dos y yo…empiezo a sospechar hasta que me doy cuenta de que son
distintas: una para acceder directamente al reloj porque ya tienen las
entradas, y otra para comprarlas; la nuestra. Y a las 11,30 en punto pagamos el
importe correspondiente y tomamos posiciones en un pequeño saliente que sirve
de asiento. Aún queda una hora y toda la
ciudad por conocer y hay que administrar las fuerzas. Este tiempo lo aprovecho
para enviar alguna fotografía de donde estoy a mi invisible “tercero” que rápidamente
identifica y aunque muy escueto, algún consejo me da. Espero haber cumplido con
mi fin.
Aunque el reloj es anterior, el
mecanismo es de 1842 y es la máquina autómata más antigua de occidente.
Funciona con la antigua hora de Alsacia, eso significa que cuando marca las
doce, son las doce y media. Es un reloj astronómico por lo que con una gran
precisión mide horas, días, estaciones del año, movimiento de los planetas, etc.
Pero lo que verdaderamente es más
espectacular para el gran público es el juego de sus autómatas que, cada día a
las doce y media en punto, se ponen en movimiento sin que falte ninguno.
Entonces aparecen pasando ante la muerte un niño, un adolescente, un adulto y
un anciano, representando las cuatro edades de la vida. Más arriba, son los
doce apóstoles los que desfilan ante Cristo que los bendice. Su paso viene
marcado por un gran gallo que mueve sus alas y canta tres veces.
Y a las 12,30 en punto empieza el
espectáculo que contemplamos todos en silencio y con interés. Termina con el
canto del gallo, que no vemos, al menos nosotros, y la hilaridad de los allí
presentes.
Ha durado 15 minutos y hemos
invertido casi dos horas. En realidad, a casi las 13 hemos visto poco o nada de
esta ciudad. Aprovechamos para hacer una visita calmada al interior de la
catedral ya que ahora apenas hay gente en ella. El sol que ilumina ahora las
vidrieras es más intenso por lo que puedo disfrutar más de la magia de la luz y
el color. Siempre que contemplo una vidriera me pregunto a qué mente
privilegiada e imaginativa se le ocurriría esto. Soy de las que piensa que el
arte, en cualquiera de sus formas, nos hace mejores y todo el que contribuye a
esto debería ser siempre reconocido.
Y siguiendo la recomendación de
nuestro “tercer” viajero, decidimos ascender a la torre, pero cuando nos
dirigimos a ella vemos cerrado el acceso ya que parece que momentáneamente se
ha superado el número máximo de personas, 50 y tenemos que esperar un poco.
Así que aprovechamos para pasear por la Plaza del castillo, admirar un lateral de la imponente catedral que no deja de causarnos admiración y acceder a Le Palais Rohan, un magnífico palacio que antiguamente fue residencia de los Príncipes-Obispos de la ciudad y que data del XVIII. Entramos en un patio cuadrangular pero vemos que sobre todo alberga exposiciones, así que decidimos no visitarlo. Leo que algunos de sus huéspedes más ilustres fueron Luís XV o María Antonieta antes de ser reina de Francia, y posteriormente Napoleón Bonaparte.
Así que aprovechamos para pasear por la Plaza del castillo, admirar un lateral de la imponente catedral que no deja de causarnos admiración y acceder a Le Palais Rohan, un magnífico palacio que antiguamente fue residencia de los Príncipes-Obispos de la ciudad y que data del XVIII. Entramos en un patio cuadrangular pero vemos que sobre todo alberga exposiciones, así que decidimos no visitarlo. Leo que algunos de sus huéspedes más ilustres fueron Luís XV o María Antonieta antes de ser reina de Francia, y posteriormente Napoleón Bonaparte.
Al salir encontramos ya el acceso
a la torre abierto. Compramos las entradas y comenzamos una dura ascensión que
hacemos prácticamente sin parar a cambio de llegar casi sin resuello. Desde
aquí arriba contemplamos unas vistas impresionantes. Dominamos toda la ciudad
en un día espléndido. Vemos el casco viejo, pero nuestra vista alcanza también
a las zonas más recientes, incluidos los edificios que forman el parlamento
Europeo.
Y descendemos para disfrutar de
la plaza de la catedral alrededor de la cual, custodiándola, se agolpan casas
tradicionales alsacianas con sus techos rojos o anaranjados, ventanas cuajadas
de flores de vivos colores y ese peculiar y tradicional entramado exterior de
madera. Una vez más podemos admirar con más tranquilidad la casa Kammerzell de
negra madera tallada con delicadas figuras y que con seis siglos de historia
parece contemplarnos impertérrita.
Así que decidimos sentarnos en un macetero o pesebre de piedra en una esquina bastante concurrida para tomarnos nuestro bocadillo y bebernos casi un litro de agua de una sola tirada. Y en un sitio precioso en medio del barrio francés.
Estamos en el centro de un lugar de ensueño, donde vivían en otros tiempos molineros, pescadores y curtidores de pieles. Paseamos después rodeados por coloristas casas de entramado de madera, adornadas de flores multicolores.
Y el agua hace acto de presencia multiplicando la belleza al reflejar como un espejo formas y colores. Nos sentimos en el centro de un cuento de hadas…si desaparecieran todos los turistas, claro. Pero aún con las gentes que llenan sus calles, con un sol de justicia y una temperatura que ronda los 30ºC este lugar exhala una magia especial. Intento imaginarme paseando por las hojas de este cuento de Andersen cuando hubiera la mitad de la gente que hay hoy. Seria rozar casi la perfección. Todo no podía ser.
Nos dirigimos a los puentes
cubiertos descubriendo una ciudad casi líquida de luz y color miremos donde
miremos, y el sonido del agua en la zona de los molinos a duras penas consigue amortiguar
la algarabía que formamos los turistas, que somos…muchos, quizás, demasiados.
Y llegamos a Les Ponts Couverts, una serie de tres puentes con sus respectivas
torres de vigilancia desde donde se protegía a la ciudad de los invasores. En
la edad media fueron de madera y estaban cubiertos con tejados de tejas, de ahí
su nombre. En el siglo XIX fueron reemplazados por los actuales puentes de
piedra. En una de las torres había una cárcel de mujeres y en otra, a los
condenados a muerte se les encerraba en jaulas para, posteriormente, arrojarlos
al río.
Hoy en día las tres torres que se
alzan orgullosas sobre las tranquilas y silenciosas aguas del Ill vigilan la
ciudad sin las estridencias de antaño aunque sí con un bullicio que no habría
entonces y el puente sirve de agradable paseo para los transeúntes.
Contemplamos la presa de Vauban –cuya obra está muy
presente en muchos puntos del país- un antiguo puente de trece arcos que fue
convertido en acuartelamiento para las
tropas y que además podía provocar con sus compuertas la inundación de la parte
sur de la ciudad en caso de asedio.
Nos dirigimos ahora a hacer un
pequeño recorrido en barco siguiendo la recomendación de Idoia. Una vez
allí…más colas y de nuevo, una máquina con la que nos tenemos que pelear para
comprar los billetes. Y solo queda para dentro de media hora, a las 15,30,
tiempo que aprovechamos para acercarnos de nuevo a la catedral que nos atrae
como si de un gran imán se tratara y disfrutar de un helado, en singular,
porque solo pequé yo. Angel se resistió. Yo debo ser más débil.
Tomamos el barco bajo un
castigador sol y una temperatura de casi 30ºC. Angel se protege con su gorra,
otros turistas hacen un gorrito con su plano, pero yo, no llevo nada, así que
decido deshacer la mochila bolsillo que llevo y usarla de sombrero. Tanto
pensar qué ropa me llevo de viaje, con qué la combino y al final termino
siempre con la que estoy más cómoda independientemente de estar hecha un
adefesio y hasta que se queda casi “de pie”.
Con la mochila en la cabeza…no quería ni mirarme.
Afortunadamente con una
puntualidad casi británica el barco comienza su andadura deslizándose entre hermosas casas del barrio de los curtidores
hasta llegar a los molinos. A través de unos auriculares vamos escuchando las
explicaciones, esta vez en perfecto castellano.
Nos acercamos a una exclusa que “subimos” y “bajamos”. Pero después de que hace dos años hiciéramos un pequeño recorrido por el Canal de Midí donde fuimos protagonistas y varias veces, del funcionamiento del mecanismo y sobre todo después de ver en Bezier las 6 ó 7 esclusas de Fonserane que salvan 21 metros de desnivel en tan solo 300 metros, (http://angeles-francia.blogspot.com) esto nos resultó solo algo anecdótico
Nos acercamos a una exclusa que “subimos” y “bajamos”. Pero después de que hace dos años hiciéramos un pequeño recorrido por el Canal de Midí donde fuimos protagonistas y varias veces, del funcionamiento del mecanismo y sobre todo después de ver en Bezier las 6 ó 7 esclusas de Fonserane que salvan 21 metros de desnivel en tan solo 300 metros, (http://angeles-francia.blogspot.com) esto nos resultó solo algo anecdótico

Ahora a casa, preocupados un poco
por como estaría nuestra compañera peluda que llevaba todo el día sola y
posiblemente desde las 13 horas, al sol. Aunque dejamos el enfriador puesto y
la autocaravana bien aislada, pensábamos haber regresado al medio día, pero
nuestro paseo por la ciudad se había prolongado bastante más.
Utilizamos para el tranvía el mismo
billete de ida, recargándolo en una máquina en la marquesina, lo que nos ahorró
10 céntimos a cada uno y enseguida vino el nuestro, a línea D verde.
Veo que en la cabecera pone “Puerta del Rhin” y nosotros tenemos que ir a Kehl, pero no doy más importancia a esto y subimos. Poco después de atravesar el Rhín se baja todo el mundo y nos dicen que nos apeemos también. Pero… ¡no estamos en Kelh! Y sin embargo no nos hemos equivocado. Angel se va a preguntar y yo desconcertada me quedo trasteando con el móvil que me dice que estamos a una parada de nuestro destino. Pregunto por ella, pero, no hablan inglés así que es Angel el que intenta entenderse con ellos y nos dicen que para regresar desde Estrasburgo el tranvía se detiene en la parte francesa y para llegar a la alemana hay que tomar otro. Entonces somos conscientes de que habíamos tenido que mirar el letrerito luminoso de arriba y comprobar que iba a Kehl. Pequeño susto que quedó resuelto en los 10 minutos que tardó en llegar el siguiente tranvía. Y tengo que reconocer que la “tecnología” fue la que me tranquilizó al poder comprobar con el teléfono móvil la posible explicación a lo sucedido. En otro tiempo y en otro lugar…me habría preocupado muy y mucho.
Veo que en la cabecera pone “Puerta del Rhin” y nosotros tenemos que ir a Kehl, pero no doy más importancia a esto y subimos. Poco después de atravesar el Rhín se baja todo el mundo y nos dicen que nos apeemos también. Pero… ¡no estamos en Kelh! Y sin embargo no nos hemos equivocado. Angel se va a preguntar y yo desconcertada me quedo trasteando con el móvil que me dice que estamos a una parada de nuestro destino. Pregunto por ella, pero, no hablan inglés así que es Angel el que intenta entenderse con ellos y nos dicen que para regresar desde Estrasburgo el tranvía se detiene en la parte francesa y para llegar a la alemana hay que tomar otro. Entonces somos conscientes de que habíamos tenido que mirar el letrerito luminoso de arriba y comprobar que iba a Kehl. Pequeño susto que quedó resuelto en los 10 minutos que tardó en llegar el siguiente tranvía. Y tengo que reconocer que la “tecnología” fue la que me tranquilizó al poder comprobar con el teléfono móvil la posible explicación a lo sucedido. En otro tiempo y en otro lugar…me habría preocupado muy y mucho.
El regreso a través de la zona
residencial y del parque resulta un poco más pesado. Estamos cansados.
En el
interior de la autocaravana Tula tiene
30 grados. Hace calorcillo pero está bien. Nos la llevamos a que pasee por el
parque. Comprobamos que es una zona de lo más agradable donde se reúnen distintos
espacios deportivos como piscinas, pistas de tenis, todas de tierra batida para
mi envidia, velódromo y zonas verdes con lago y río incluido.
Cambiamos la autocaravana al
“tendido de sombra” y después tomamos la decisión de quedarnos aquí a pasar la
noche. Desplazarnos a Obernai supondría media hora mínimo por lo que nos
pondríamos en las 19 horas a lo que tenemos que añadir el tiempo de
duchas, cenas, etc. Partiremos mañana por la mañana, sábado, por lo que el
tráfico será tranquilo.
Anterior ó siguiente: Ir al índice en el margen superior derecho
Carretera y manta
Anterior ó siguiente: Ir al índice en el margen superior derecho
Carretera y manta
Siguiente
Pueblos de cuento